Nos obligaron a pensar

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Quien siga diciendo que estos vándalos van a acabar con el país, no entendió nada. Perdió esta semana y le va tocar repetir la lección. Esta es, sin duda, la semana más transformadora, extraña, paradigmática, compleja, rara, extraña, difícil e incomprensible que nos ha tocado vivir en las últimas décadas a quienes vivimos en los conglomerados urbanos. Quizás desde el 9 abril de 1948 y sus días subsecuentes no se vivía algo así en las ciudades colombianas. Y hago énfasis en las ciudades, porque el campo sí que ha sabido de confrontaciones desde siempre y hasta hoy. Pero nos tocaron a los urbanitas, a los desubicados, los alelados, los despistados, a quienes aun estando en la academia y en diversas instituciones formales, legales y normales, viviendo una democracia representativa y sobretodo viviendo en una burbuja, aunque sea una burbuja de deudas, no alcanzamos a imaginar ni a comprender la naturaleza profunda de lo que está pasando en este país.

Estamos cansados. ¡Sí que estamos cansados! Pero los cansancios son distintos. Cuando nos atrevemos a decir que estamos cansados por la falta de abastecimiento de combustible y alimentos, vuelven y nos dan una bofetada de realidad ese 60% de la población que vive en la pobreza y que nos dice a boca de jarro que también están cansados de mal vivir, de mal comer, de mal nacer, de mal morir, de mal estar, de no tener futuro, ni presente, ni oportunidades. Y nosotros, los que creemos estar mejor, no es que estemos mejor que ellos si nuestra existencia depende de un salario o de un pequeño negocio. Entonces, en lugar de maldecir esa protesta e intentar reducirla a un vandalismo, sería prudente aceptar la invitación implícita a pensar. A tratar de comprender qué es lo que está mal. Qué es lo que pasa en esta Colombia profunda, que de repente -según nuestra limitada perspectiva- se descompuso.

Tratemos de comprender antes de juzgar. Realmente las cosas nunca han estado bien en Colombia. Y aunque es una verdad de Perogrullo, nos cuesta mucho aceptarlo, sobre todo a quienes pertenecemos a esta falsa clase media, porque si vivimos de un salario, somos clase trabajadora, que solo tenemos capacidad de endeudamiento y que nos hemos acostumbrado a vivir como el hámster en la rueda y en esa cotidianidad, de trabajar, ganar sueldo, endeudarnos con casa, carro, y enseres, se nos va la vida sin parar para pensar en que podríamos estar mejor. No nos da para pensar en que menos del 10% de la población colombiana acapara más del 90% de las tierras. No nos da para pensar en esa enorme desigualdad. Hemos escuchado las historias de la época de la violencia de nuestras madres y abuelas y sin embargo osamos decir que todo tiempo pasado fue mejor. No lo fue. Lo que pasa es que nos hemos acostumbrado a la muerte del sapo, que le van calentando el agua sin saber que lo están cocinando. Claro, algunos hemos progresado, hemos ascendido en esta escala social a base de educación y esfuerzo, pero, pensemos más allá ¿Porque no ha tenido esa misma suerte el grueso de la población?

Ese grueso de la población es la que ahora está en la calle. Son los hijos, hijas, nietos, nietas de esas madres y abuelas que no tuvieron otra condición social, que no pudieron superarse a base de esfuerzo y educación. Esos pelados y peladas que poco saben de teoría política, pero que viven las acciones colectivas -no la estudian, como hacemos en sociología- la viven, esa acción colectiva de salir, reclamar, luchar, parar. Tal vez sin una agenda clara, no, por lo menos en los marcos institucionales y académicos que esperamos, pero con la claridad de que están cansados, muy cansados, pero su cansancio es estructural, es generacional y transgeneracional. Están cansados de ver a los adultos de su familia en la lucha diaria por el pan y el techo. ¿Por qué eso tan básico tiene que ser tan luchado? Si hasta el más pobre paga impuestos.

Ellos ni saben que los pagan, pero los pagan. Entonces, se cansaron. Se cansaron de la falta de oportunidades, de no tener presente ni futuro. Ya no tienen que perder y es en serio, aunque parezca un meme, les quitaron tanto, que hasta les quitaron el miedo. Y ahora que salen con esa furia desenfrenada a gritarnos una realidad que no quisimos oír cuando se hablaba, nos obligan a pensar. Es mejor tratar de comprender lo que está pasando e intentar contribuir a la reflexión que seguir azuzando el fuego. No es con represión policial que se va a transformar décadas de desigualdad social.

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