Pedir lo mínimo, aún siendo esto insuficiente 

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Por Katherine Esponda Contreras

El día de ayer se llevó a cabo una rueda de prensa sobre las violencias contra las mujeres en el marco del Paro Nacional en la ahora denominada Loma de la Dignidad. Un nombre significativo para un momento significativo en el que lo único que se reclama es precisamente el reconocimiento recíproco de un mínimo, pero necesario: nuestra dignidad. Un espacio de visibilización y socialización de las agresiones que algunas mujeres y colectivas han experimentado por parte de las fuerzas armadas legales en los últimos 18 días de paro. Un espacio en el que entre todas nos escuchamos en nuestros sentires y pensares para, a través de la palabra, la mirada y el canto, abrasar ese fuego interno que somos en aras de no dejarlo sofocar.

La columna de hoy es un reconocimiento a todas y cada una de las mujeres que ayer compartieron sus experiencias en un reclamo colectivo de reconocimiento de la dignidad. También a todas y cada una de las mujeres que han sido víctimas de la violencia policial en el marco del Paro Nacional. Pero también, debo decirlo, a todas esas mujeres que han sido víctimas de un sistema patriarcal que nos ha violentado de distintas maneras: esta semana alumbramos el camino de Allison con nuestras velas, hace algunas fue Evelyn, hace un poco más de un año fue Cristina. A todas nosotras que aún estando en pie, nos siguen violentando en el decir y el hacer cotidiano cuando nos invisibilizan, nos niegan, nos cuestionan por el hecho de ser mujeres.

De escuchar las experiencias, los saberes y los reconocimientos mutuos, me quedó resonando un pensamiento: ¿por qué pedir lo mínimo cuando somos dignas de mucho más? ¿Por qué conformarnos con lo mínimo si lo más es posible? Estas preguntas surgieron precisamente en el marco de un conjunto de reclamos individuales y colectivos, propios y ajenos, de reconocimiento. Me preguntaba por qué seguimos insistiendo en esto. Y, de hecho, la cadena de pensamiento la construía mientras escuchaba a una de las mayoras hablar el día de ayer, mencionando la fealdad de la palabra misma: mínimo. Y me cuestionaba porqué a veces nosotras las mujeres reclamamos un trato mínimo cuando sabemos que es posible mucho más. Tal vez porque nos han hecho creer que ir un poco más allá es exageración, y ello no es otra cosa sino una muestra más de la violencia simbólica que se nos extiende en nuestros cuerpos y nuestras mentes.

La violencia policial es una violencia patriarcal. Se trata de esa violencia que a través de acciones y omisiones impiden el efectivo goce de los derechos a las mujeres, los cuerpos feminizados y las disidencias de género. Es una violencia de control, de jerarquía. Los usos y abusos que se han cometido durante estos días de Paro lo reafirman una vez más: se trata de una violencia que se ejerce en ámbitos sexuales, físicos y psicológicos que va más allá de la represión (cosa que experimentan los hombres), y pretende restablecer esos roles tradicionales de género que le imponen a las mujeres un mandato de pasividad social. Entonces, la diferencia se nos hace clara: un hombre teme por su integridad física y su libertad cuando sale a protestar, mientras que una mujer además de temer por su integridad física y su libertad también teme por su dignidad, por volver a ser cosificada, por ser considerada territorio de conquista. No podemos olvidar que nosotras las mujeres (mayoritariamente hablando) recibimos comentarios sexualizados para solucionar problemas legales (“Mi cabo, hágale lo que quiera y déjela pasar” dijo un agente del ESMAD en Acacias, Meta). A nosotras las mujeres nos tocan, nos rosan, nos manosean sin consentimiento (“Me bajaron el pantalón y me manosearon hasta el alma” posteó en redes Allison Meléndez antes de suicidarse después de haber sido violentada sexualmente mientras la detenían en Popayán).

La violencia patriarcal deja muerte, no solo física, sino también moral y espiritual. La violencia policial, que es violencia patriarcal, también lo hace, y lo hace en un repertorio cada vez más amplio: golpea, lastima, toca, desnuda, observa lascivamente, manosea. Pero también niega e invisibiliza, obstruye investigaciones, justifica la acción de unos, deslegitima el reclamo de las otras. Y a mi juicio, además de todo es una violencia muy triste porque procede del lugar que se supone nos debe cuidar. Creo que el reclamo por el reconocimiento de nuestra dignidad es un mínimo inamovible, pero no puede quedarse allí, hay que buscar eso más. Lo mínimo es que esos que nos dicen proteger y cuidar, realmente lo hagan. Lo mínimo es que no nos violenten por ser mujeres. Pedimos lo mínimo, porque en algún momento nos hicieron creer que era eso lo que merecíamos, sin embargo, lo mínimo no siempre es suficiente.

 

 

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