Porque la Iglesia lo dijo

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Gustavo OrozcoNo fue para nada sorprendente que en el Congreso se hundiera el proyecto del matrimonio igualitario. Los congresistas se lavaron fácilmente las manos, evitaron un asunto espinoso, se mantuvieron al margen en las discusiones del tema y, al final, simplemente dejaron a la Superintendencia decidir. Es claro que con un electorado tan (falsamente) fervoroso y dogmático era difícil esperar otra cosa. Políticamente, no era conveniente votar a favor del matrimonio gay –y no lo será por mucho tiempo más–. Sencillo.

Pero lo que más me enfurece y decepciona de todo este asunto es lo que se escucha en las calles en las conversaciones del día a día: una increíble hipocresía y desinformación con la que el colombiano común y corriente se atreve a participar en el debate. El macho que busca reivindicar su virilidad con la homofobia; aquel que por miedo a ser tildado de gay simplemente se autocensura; el cristiano que pretende ser el buen ciervo de la Iglesia; y los infaltables ignorantes que ni saben por qué. Así entonces, es ciertamente difícil responder con tolerancia y mesura a un sector tan caracterizado por la ausencia de estas características.

He tratado de entender, pero frecuentemente me encuentro con argumentos vagos, sin fundamentos y llenos de una intolerancia inexplicable y, sí toca decirlo, casi siempre basados en la religión: que la Iglesia dijo que es inmoral, que la Biblia lo prohíbe, que la “naturaleza humana”, que la familia cristiana. ¿Pero y qué?, le pregunto yo. Siga a su iglesia, actúe como le indiquen y sea el cristiano perfecto que pretende ser (pero que nunca fue ni será). Pero eso sí, no busque hacer valer sus dogmas e ideas sobre las de los demás. En el fondo somos iguales (su misma fe le dice que somos hermanos), así que todos merecemos los mismos derechos.

Le pido a usted, querido compatriota de mente cerrada que me explique qué lo autoriza a prohibirle a otro a hacer algo que a usted ni lo afecta ni le concierne. Le puedo respetar su apego a una doctrina religiosa –eso sí, mientras la sepa limitar a su vida privada y no busque imponerla sobre ninguna otra persona–. Puede seguir creyendo en su idea de una familia cristiana de madre y padre e implementar los sermones de su párroco como usted lo prefiera. Es más, no se case con una persona de su mismo sexo si así lo prefiere, yo sí le reconozco su libertad de escogencia. Pero lo que no puedo permitirle, le repito, es que busque imponer sus ideas como la única verdad o el modelo único para nuestra sociedad.

Hace poco, por ejemplo, alguien me decía que le daba miedo de que yo viviera con un gay. ¡Miedo de qué!, le dije, pero esa persona no tenía ninguna razón; miedo, solo miedo. ¿Será que piensa que un hombre, solo por ser gay, me va a violar? Me pareció escuchar el eco de aquellos que alguna vez se les ocurrió decir que a las mujeres las violaban simplemente por vestirse provocativamente. Esa persona, debe estar tan convencida como muchos de que los homosexuales son anormales, una plaga de enfermos que tienen que ser curados.

Opiniones de ese tipo inundan el ambiente homofóbico de nuestro país, pero es igualmente lamentable el silencio de muchos que sí apoyan el matrimonio igualitario. Silencio como el de las familias de homosexuales que, sumidas en su prevalencia inexplicable del estatus social, olvidan a sus seres queridos para evitar la ‘humillación’. Familias y personas que a partir de su pasividad terminan portando la misma bandera de la homofobia.

Siempre me ha costado aceptar las infundadas opiniones de las personas que defienden a capa y espada sus posiciones sin poder explicar por qué. Muchos en este debate, claro está, ni siquiera entienden por qué se oponen. Yo le pido que me cite la Biblia, que me muestre sus definiciones sagradas o que me dé pruebas de sus señales divinas que lo hacen estar en contra. Un religioso seguramente lo podrá hacer, pero tristemente el cristiano promedio ni idea tendrá, porque escucha a medias lo que quiere y aplica por ratos lo que le conviene. Porque para oponerse al matrimonio gay se vuelve santo siguiendo al pie de la letra la doctrina de la iglesia, pero para tener sexo se le olvida que no debe usar condón, o de momentos hace una trampita y desea a la mujer del prójimo.

La religión se volvió el instrumento perfecto para justificar ciegamente una posición retrograda que ni siquiera los que la esgrimen entienden completamente por qué lo hacen. Porque es más fácil debatir a partir de dogmas inflexibles que nadie se puede refutar, que construir argumentos lógicos y convincentes que sean relevantes para todos por igual.

¿Por qué no al matrimonio gay, entonces? Porque no, por nada más. Eso dirán muchos de estos santos cristianos. Algunos por asco, otros por intolerancia y algunos otros por fanatismo… o, simplemente, porque la iglesia dijo. ¡O por Dios!, porque Dios lo dijo, lo quiere, lo desea, etc., etc., etc. Querido cristiano, escuche a Dios y a su santa iglesia y haga lo que quiera, ¡pero no se le meta a otros a su rancho!

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