¿Quién regula la rumba en Cali?

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leo quinteroPor Leo Quintero

Nadie en Cali sabe cuántos negocios existen para rumbear. Ni los propios voceros de la actividad nocturna. Según estos, agremiados en Asonod, en Cali hay más de 6.000. De ellos, 4.000 no cumplen con la documentación; es decir, son informales. Trabajan sin Dios ni Ley y en estos establecimientos que nadie controla, se dan realmente los problemas de seguridad para quienes van a disfrutar de un buen rato de esparcimiento.

 Para controlarlos solo se necesita que las autoridades, las estatales y las policiales se pongan de acuerdo para emprender las acciones correspondientes. Porque como hablan los voceros de la rumba, en Cali, la informalidad supera la legalidad.

 Existe un real mercado negro de licencias de usos del suelo, abusos del Plan de Ordenamiento Territorial, que nadie controla bajo la premisa de que está próximo a expedirse uno nuevo que contemplará nuevas normas para los establecimientos que operan en la ciudad, o con la excusa de que como no hay uno vigente, se pueden adoptar las opciones que permita el mercado negro de licencias de usos del suelo.

 Y son los barrios, las zonas habitacionales en donde más están apareciendo establecimientos, presuntamente de diversión, que significan en realidad más de un problema de seguridad para sus habitantes.

 En El Ingenio, en sus tres etapas, aparecieron como si hubiera llegado una plaga de langostas, salas de encuentro –entiéndase masajes y prostíbulos–; también salas de baile; discotecas, minitecas y toda clase de establecimientos que abatieron la tranquilidad. Es más, un concejal de Cali tiene de vecinos a un Jardín infantil y, enseguida, a una casa de lenocinio. «Cada rato los clientes se equivocan y timbran en mi casa. Cuando sale un adulto mayor a atender el llamado, comprenden que el negocio de la rumba, opera enseguida».

 “Todos saben en el barrio que una licencia de usos del suelo se entrega por menos de $500.000 y saben además cómo opera la cadena; todos, menos en las dependencias locales, que es donde debe operar el control real para evitar esta clase de documentos apócrifos”, nos dijo el cabildante.

 En los establecimientos de la rumba ilegal. A propósito, quien va de farra nunca pregunta si el rumbeadero tiene documentos, si tiene puertas de emergencia, si cuenta con controles de los bomberos, si no es un peligro para su vida…

La que realmente está en riesgo viene después de la segunda botella o caneca de licor –la que es un real peligro, porque siempre aparece abierta en la mesa, sin sellos de seguridad y con dudosa proveniencia. De esa segunda caneca o botella y las demás  del «blanco del valle», así en minúsculas, sobrevive la llamada industria paralela, la que hoy en día moviliza más licor que la propia empresa estatal. Sus contactos son mejores que el mismo distribuidor oficial de la empresa del Valle del Cauca, la que solo se mueve en diciembre para cumplir con las cuotas asignadas en los contratos que año tras año se modifican.

 La rumba informal  en Cali no son solo bailaderos, son fuentes de soda, o licorerías, que de un día para otro aparecieron convertidos en sitios de esparcimiento cuando el permiso para operar no les permite contar con pista de baile u ocupar el espacio público con sillas , mesas y hasta muchachonas, como ocurre sobre la Avenida Sexta Norte.

 Añádanle los famosos clubes privados, que existen por cantidades, sin  control de nadie pero sí con visitas de quienes conocen de su operación y pasan los fines de semana de cada mes efectuando una inspección y luego garantizan que en los siguientes treinta días siga operando su vaquita lechera.

 La rumba en Cali da para todo. Antes eran las discotecas, adonde se iba a bailar, a sacarle brillo a la hebilla, a demostrar los últimos pasos y tendencias de la moda. Hoy el negocio no es para los clientes, es para quienes saben que en las noches en Cali los controles se relajan, no hay operativos permanentes, que solo aparecen cuando hay ordenes de alto rango. La rumba ilegal en Cali está vivita y bailando.

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