“Si yo pude, tu puedes”

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Por Katherine Esponda

No acostumbro a incluir un apunte anecdótico en este espacio, sin embargo, me permitiré dicha licencia esta vez para contextualizar el título de esta columna. Entreno diariamente un deporte que me exige un gran esfuerzo físico, y que cuando comencé sinceramente pensé que no iba a continuar durante mucho tiempo. Esta semana tuve un ejercicio que pensé no poder terminarlo pues, reconociendo mi estado físico, sabía -creía saber- estaba más allá de mi alcance. Mi compañera de entreno para esta sesión fue una compañera con la que nunca había entrenado antes de esa clase, cuyo nombre solo había escuchado brevemente en un par de ocasiones. El punto de todo esto es que esta compañera estuvo todo el tiempo apoyándome verbalmente durante el ejercicio, mientras yo dudaba si realmente iba a terminarlo. Expresiones como “Si yo pude, tu puedes” o “vamos, vamos, no desistas, falta poco” aparecieron reiteradamente durante esos 3 minutos. Unas palabras de aliento que cumplieron su misión en ese momento, y que me quedaron retumbando durante toda la semana.

Nos enseñaron a competir entre mujeres y apenas estamos aprendiendo a aliarnos. Miguel de Unamuno se preguntó en algún momento porqué si colectivamente hablábamos de fraternidad, no existía su equivalente femenino sororidad. Kate Millet, en los años setenta, introdujo el término ‘sisterhood’ en su discusión sobre la relación política -esto es, una relación de poder- entre los géneros. Es Marcela Lagarde quien en el contexto latinoamericano acotó el término ‘sororidad’ en el feminismo para dar cuenta de esa relación de solidaridad que podemos establecer entre las mujeres, especialmente, cuando se trata de una lucha por el empoderamiento y la búsqueda del reconocimiento y la equidad de género. Yo creo que esta sororidad puede ser considerada como una disposición ética que nos lleva a la acción política.

Por mucho tiempo, el imaginario colectivo sobre las relaciones interpersonales entre mujeres ha estado atravesado por la idea de la competencia, la sospecha, la duda y sobre todo el señalamiento entre mujeres por ser mujeres: la bruja, la perra, la cualquiera, la chismosa, la puta. Una muestra más de cómo el patriarcado prevalece y crea las condiciones de posibilidad para que, tal como en algún momento lo señaló Simone de Beauvoir, las mujeres no nos afirmemos como sujeto colectivo, es decir, no construyamos un nosotras que nos incluya y que nos permita afirmarnos colectivamente en nuestras luchas, en nuestras búsquedas, en nuestras reivindicaciones.

De Beauvoir explicó en su momento que la mujer no se reivindica como sujeto colectivo por tres razones: (i) no tiene los medios concretos para afirmarse colectivamente; (ii) experimenta un lazo necesario con el hombre sin plantearse esa reciprocidad; (iii) se complace en su papel de otro, ya que a veces resulta más fácil, más cómodo ser lo otro, aunque inferior, con algunas garantías existenciales. Al vivir dispersas entre los hombres, y atadas a algunos de ellos (padre/marido) por el medio ambiente, el trabajo, los intereses económicos, la condición social, las mujeres resultan ser mucho más cercanas a estos que a las demás mujeres. Valga aclarar que la dispersión es también producto de unas construcciones sociales muy disimuladas que nos llevan a competir en lugar de mancomunar.

Y de hecho, lo hemos visto también en otros escenarios. Tal como lo mencionó Tina Caballero Mateo, en situaciones de opresión, algunos individuos oprimidos se alían con los opresores precisamente para ganar cierto poder (una ilusión de poder), o por lo menos, evitar las consecuencias negativas de las relaciones jerárquicas. Lo vimos en el Holocausto.

Es aquí donde la sororidad empieza a tener un sentido ético y político importante desde mi punto de vista. Creo que debemos fortalecer una disposición ética que nos permita una acción política conjunta, de tal manera que las mujeres nos reconozcamos, nos aliemos, y trabajemos de manera conjunta. Y creo también que la sororidad representa dicha disposición. Al ser una disposición ética puede ser fortalecida, por lo que es posible e incluso me atrevo a decir necesario, que aprendamos a ser más sororas, es decir, a cuidarnos entre nosotras, en el sentido pleno de la palabra, a activar nuestro sistema de apoyo recíproco. Comparto con Lagarde la idea según la cual la sororidad es también una forma de rebeldía frente al patricarcado que nos impone la competencia entre mujeres, nos hace sospechar entre nosotras, nos condiciona generando la disolución del sujeto colectivo, condición que es necesaria para establecer y emprender las luchas comunes.

Ahora bien, ¿cómo ser más sororas? No se trata de la solidaridad entre mujeres por el hecho de ser mujeres. Porque como mujeres también nos equivocamos. Se trata de entender y reconocer que existen elementos de opresión que nos afectan como mujeres por igual. Reconocer las convergencias nos permite mirarnos diferentes, reconocernos diferentes, y aún así empatizar. Y que ello nos permita establecer vínculos, alianzas, en últimas, una consciencia colectiva. ¿Fue sorora mi compañera de entreno? Seguro que si, aunque tal vez no conscientemente. Lo que me lleva a pensar en que la sororidad puede aparecer incluso en los gestos morales más insignificantes, en lo cotidiano, en una simple palabra empática.

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