Sine qua non

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sofia gaviriaDentro de la más elemental lógica, cuando dos partes necesitan y quieren hacer las paces, lo primero que tienen que hacer es suspender toda acción violenta y criminal.

En La Habana, son dos las partes que han venido negociando:  un grupo guerrillero que perdió la guerra, pero que tiene una capacidad muy alta de sembrar terror y hacer daño, y un Estado que, aunque tiene que enfrentar muchos temas pendientes en la agenda para lograr un país más justo y equitativo, ha dado claras muestras de querer la paz.  Las Farc han atacado al Estado colombiano a través de todos los medios de lucha, durante  más de medio siglo, pero naufragaron en su intento.

Las Farc fracasaron y por eso están negociando, pero siguen empecinadas en vender a la opinión pública, especialmente a la internacional,  la idea de que están en igualdad de condiciones con el Estado. En consecuencia, durante el proceso de paz, muchas personas han igualado a los dos actores de estos diálogos, pero estos, definitivamente, no pueden ser equiparados.

El secuestro del General Alzate Mora, del Cabo Jorge Rodríguez Contreras y de la abogada Gloria Urrego es una muestra más de la poca voluntad de paz de las Farc.  A ello, hay que sumar el atroz asesinato de dos líderes de la comunidad indígena Nasa, cuando defendían legítimamente la autonomía de su territorio de paz; el reiterado secuestro y asesinato de soldados y policías; las voladuras de oleoductos; la extorsión; el voleteo y el secuestro a civiles, que se han seguido dando, en diferentes regiones del país, durante los dos años de las negociaciones, y que han ido colmando la paciencia y la buena voluntad no solo del Gobierno, en cabeza del presidente Juan Manuel Santos, sino de la sociedad en su conjunto. Las Farc no pueden continuar sentadas en una mesa de diálogos si, al mismo tiempo, siguen actuando descaradamente por fuera de las leyes del Derecho Internacional Humanitario.

El proceso de paz, para su continuidad, exige de la guerrilla hechos claros de compromiso con esa paz.  Y el primero de esos hechos tiene que ser la liberación inmediata, no solo de los tres recientes secuestrados del Chocó, sino de todas las demás personas que están en manos de las Farc desde hace tiempo. Sabemos que las hay, y muchas, en departamentos como Chocó, Caquetá, Cauca y Antioquia (sólo en lo corrido de este año, las Farc han secuestrado a 25 personas, según la Fundación País Libre). Todos los secuestrados deben ser igualmente importantes. Su liberación es una condición sine qua non para la prolongación del proceso de paz.

Durante el proceso, hemos visto una actitud consecuente y en pro de la paz, por parte del Estado. Pero las Farc han respondido bombardeando el proceso y exculpando de las responsabilidades concernientes  a sus representantes en La Habana.  A sus cabecillas, es preciso recordarles algunos hechos de paz que las víctimas de las Farc tenemos muy claros y que estamos esperando, en este momento crucial.  Me refiero a la trascendencia de las 33 demandas “impajaritables” que acordamos las víctimas de las Farc, a finales de octubre. Estas deben ser la bitácora a seguir en las negociaciones, para que el pueblo colombiano empiece a creer en el proceso y para que, al final, sí alcancemos la paz.

Un verdadero hecho de paz sería que las Farc cumplieran con los puntos definidos por sus víctimas. Eso aseguraría la buena ruta del proceso y afirmaría la actitud del pueblo colombiano en pro de la paz, sobre todo ahora, cuando tantos sondeos muestran que la mayoría de la sociedad dice no creer en la paz, porque no cree en las Farc.  Las víctimas y los colombianos de bien necesitamos gestos claros y contundentes de buena voluntad, por parte los enemigos de la paz.  Y, en esta historia, somos muchos los que no vemos sino un enemigo de la paz: las Farc.  Ojalá los señores de las Farc nos demuestren que estamos equivocados.

Sofia Gaviria Correa

Senadora de la República

Codirectora del Partido Liberal

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