Sobre feminismos y disputas electorales

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Por Valentina Bradbury

Cleopatra fue la última gobernante de la dinastía ptolemaica del Antiguo Egipto logrando eludir durante 20 años, el asedio del Imperio Romano y recuperando su país de una profunda crisis económica. Múltiples historiadores y académicas la han descrito como una diplomática, militar naval, lingüista, escritora y sobre todo, una audaz estratega política. No obstante, Cleopatra ha sido retratada en la literatura, los medios y el cine como la femme fatale, una mujer bella, seductora y frívola quien utilizó sus atributos físicos para manipular a los emperadores romanos.

Según Mary Hamer, el origen en la constitución de este mito, remonta a la escasez de fuentes, y muchas de las existentes provienen de Roma quien la terminó considerando como una traidora, enemiga pública además del terrible insulto de ser una mujer rebelde con poder.

El sesgo machista, se acompaña también de un sesgo colonial pues mucho se ha cuestionado sobre la representación étnica en la cultura occidental de la imagen de Cleopatra invisibilizando sus raíces egipcias.

Desde Roma hasta el día de hoy, se nos dificulta imaginar a la mujer -y aún menos a la mujer negra o indígena- como una estratega política con capacidad de análisis y de liderazgo. La coyuntura política colombiana actual y el escenario electoral que se presenta me hizo pensar en la histórica injusticia que ha sufrido Cleopatra, porque no ha sido reivindicada como una estadista o gobernante, sino reducida al campo que le ha sido asignado socialmente a las mujeres, el de las emociones, el de la belleza y el de la sexualidad.

Hace algunas semanas un colega preguntó mi opinión acerca de la Convención Nacional Feminista y la propuesta de las candidaturas presidenciales de Francia Márquez y Ángela María Robledo. Desde una mirada externa, pensé, que las cartas ya estaban sobre la mesa. Ángela María Robledo estaría disputándose en la consulta interna con los otros candidatos de la Coalición por la Esperanza y Francia Márquez se sumaría al Pacto Histórico apoyando, como lo hizo hace 3 años, al candidato Gustavo Petro. Después de la decisión adoptada por la Dirección Nacional de la Alianza Verde, descartando la posibilidad de una coalición con Petro para la primera vuelta, el escenario electoral, al menos para una parte importante de los sectores progresistas, parecía totalmente constituido.

Y no podía estar más equivocada. La Convención Nacional Feminista consiguió irrumpir en ese escenario electoral fracturando la dualidad en el espectro de los sectores progresistas y posicionando una agenda feminista a través de propuestas innovadoras en su ejercicio electoral. Durante la última semana, este ha sido la primicia política, ocupando los titulares de todos los medios de comunicación  y protagonizando acalorados intercambios en Twitter entre líderes políticos. El movimiento Estamos Listas junto con las otras organizaciones y colectivas que apoyaron esta iniciativa consiguieron que su proyecto político se volviera noticia y discusión nacional. Una estrategia exitosa.

A pesar del positivo resultado, esto le ha significado importantes críticas a Ángela María Robledo y a Francia Márquez pues simpatizantes y seguidores de las dos coaliciones consideran que para enfrentar al uribismo en las elecciones generales del 2022 se requiere una unión de fuerzas progresistas. Y tiene mucho sentido. La dispersión del voto puede efectivamente conllevar a la derrota electoral. Sin embargo, encontrándonos todavía a poco más de un año de las elecciones, en el juego de la democracia, del pluralismo y de la diversidad, distintos candidatos y candidatas tienen la posibilidad de disputarse el lugar de liderazgo en las coaliciones.

A pesar de las posibles afinidades que tenga por estas dos candidatas, no quiero decir que necesariamente ellas tengan mayores posibilidades de ganar las elecciones, o que tengan incluso la mejor trayectoria o las mejores capacidades políticas que los candidatos más opcionados para ganar. Pero sí deberían tener las mismas garantías de competir sin que deban sufrir descalificaciones o ataques por ello.

Ya Zuleta, en Elogio a la Dificultad advertía del pensamiento totalitario que reducía la diferencia, la duda y la otredad, a la categoría del enemigo. Levi-Strauss, por su parte, planteaba que nuestras construcciones culturales están moldeadas por oposiciones binarias: claro/oscuro, hombre/mujer, bueno/malo. Ojalá podamos transformar nuestras estructuras de pensamiento y discursivas que como sociedad nos caracterizan. Ojalá no pretendamos que una figura mesiánica, acabada y perfecta venga a salvarnos del caos y que quien cuestiona, critica o duda es naturalmente un enemigo. Así como lo hizo Cleopatra con los romanos, más allá de egos y de odios, la política requiere de una importante capacidad de negociación.

 

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