Tomás González

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jair villanoPor Jaír Villano

@VillanoJair

Los libros de Tomás González los conocí desde hace unos años atrás pero los vine leer hasta hace poco. No es mi culpa. Cada que veía que en la cubierta de sus libros decía que se trataba del “secreto mejor guardado de la literatura colombiana”  me daba por pensar que era un artilugio editorial. Además los títulos de sus novelas no me significaban mucho: “Primero estaba el mar” “La historia de Horacio” “Para antes del olvido” “El rey del Honka-Monka”. Ahora que los escribo (pero es que ahora los he leído) me resultan dicientes, en todo caso, se trata de un cuestionamiento superfluo: Goethe, Chejov, Chesterton y tantos otros clásicos no fueron grandes tituladores y sin embargo sus obras… (¿Hay necesidad de adjetivar?, pensaría Tomás, no: el lector ya sabe).

Pocos adjetivos, poco barroquismo, mucha contundencia verbal; Tomás resuelve todo en una línea: “Hasta que una tarde salió y ya no volvió más”. Usted que escribo –y yo que lo intento hacer– también lo podríamos realizar, pero lea el cuento el Rey del Honka-Monka y verá que  él, como pocos, lo sabe lograr. Sus textos, legibles para todo tipo de público, son acogedores. Y sobre todo breves. Sus más recientes novelas –La luz difícil, Abraham entre bandidos y Temporal– no tienen más de 250 páginas. Y son bellas y refrescantes. Confieso que disfruto releyendo, así como me pasa con El pabellón número 6, su novela La luz difícil. Es bella por su carencia de oquedades, es el drama de unos padres que con entendible resignación aceptan que Jacobo, su hijo, decide cesar el dolor que le produjo un inexplicable –como muchas cosas en la vida– accidente quitándose la vida. Es esa línea delgada que hay entre la vida y la muerte.

Tomás es silencio puro, vive en una finca en Cachipay, Cundinamarca. Desde allá escribe sus historias para citadinos que encuentran en ellas –hablo de las últimas– un divertimento acompañado de un suspiro. No se ha insertado en la pegajosa telaraña de  la comercialidad temática, por poner un ejemplo, Delirio y El ruido de las cosas al caer, dos de las tres novelas colombianas que ha ganado el premio Alfaguara, son buenas pero ambas abordan historias que de alguna forma guardan relación con la Colombia de los “patrones” (y, claro, no es que no se pueda y mucho menos que en el país no haya narcotraficantes, pero es que se vuelven evidentes por su monotemático contenido). En cambio, en González (sobrino del filósofo Fernando González, léase  La Historia de Horacio) los fondos tienen que ver con pequeños colombianos que encarnan grandes pero cotidianos dramas. En Primero estaba el mar se pinta el costo de querer volver una veleidad en una cotidianeidad, Elena y J. es una pareja que cree que encontrará la felicidad en el mar  y sin embargo termina desencantada por eso: por esa piel del universo de la que hablaba Neruda. En Para antes del olvido es más retórico, la manera de narrar episodios es exquisita, no dice qué pasa, qué pasó o  cómo ocurre una escena  pero sí hace relaciones tácitas con elementos que evidencian la compresión de lo que ha ocurrido: “Una pierna de Luisa, al abrirse, había tumbado la mesita donde se servía el té y los pocillos habían rodado como cáscaras  de huevo sobre la alfombra persa. Las nubes se corrieron en el cielo y dejaron entrar el sol a torrentes por las ventanas abierta. Luisa fue momentáneamente barrida de este mundo por un violento ramalazo de placer”. Se trata, pues, del impresionismo acompañado de un prosa tranquila, erótica y bella.

No me voy a poner hacer más párrafos que intenten resumir sus obras, para eso pueden buscarlas y leerlas. Más bien esto es como un vago homenaje a un escritor que ha esperado con cautela el reconocimiento nacional, que prefiere estar lejos de las columnas de los diarios porque como pocos escritores contemporáneos no le gusta pontificar.

No sé si, hoy por hoy, se trate del mejor escritor colombiano, quizá y Vallejo, Ospina, Roca, Restrepo, Vásquez, Faciolince, Romero, Franco y tantos otros, no dejan atribuirle ese adjetivo a nadie (es que todos tienen lo suyo), pero de todos esos escritores él tiene algo especial: la soledad y el silencio.

Tal vez se trate de meros circunloquios para decir que González es mi ideal de escritor. Que disculpe, entonces, el lector por el abuso de la primera persona pero Vallejo lo había dicho primero: “llevo cientos de páginas diciendo yo y hasta ahora nadie me ha visto”.

Por si acaso…

-Si alguno de los lectores sabe dónde comprar o descargar los libros “Cuentos de la mina” y “Fuga de Socavones” del boliviano Víctor Montoya, le agradecería que me informara.

-La mejor manera de conocer un escritor es leyendo su obra, ahí está lo que No se cuenta.

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