Trujillo, una tragedia que no cesa

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Si no se habla, si no se escribe y no se cuenta, se olvida y poco a poco se va tapando bajo el miedo. La gente que vio el muerto se va olvidando y tiene miedo de hablar, así que llevamos un oscurantismo de años en el que nadie habla de eso […] como nadie habla de lo que pasó, nada ha pasado. Entonces bien, si nada ha pasado, pues sigamos viviendo como si nada. Testimonio de habitante de Trujillo, Valle del Cauca.

El Grupo de Memoria Histórica en su informe ¡Basta ya! rescató hechos y voces de la terrible masacre ocurrida durante varios años en el municipio de Trujillo, aquí algunos apartes:

El informe dedicado al municipio de Trujillo, Valle del Cauca, en los años 1988 y 1994, hizo evidente la convergencia entre el narcotráfico y los grupos paramilitares, a la vez que mostró tanto las alianzas del crimen con miembros de la Fuerza Pública, como la grave y persistente impunidad.

Además, no solo hizo visibles las perversas asociaciones entre políticos, militares y narcotraficantes, sino que puso de manifiesto las enormes dificultades de la justicia colombiana para esclarecer los hechos y para impartir justicia; al punto, que veinte años después, y a pesar de los fallos condenatorios emitidos, la impunidad se mantiene, permitiendo que la tragedia no cese, como dice el título del informe. Las complicidades y alianzas fueron mencionadas por las víctimas en casi todos los casos, por ello el quinto capítulo de ¡Basta ya! se registra como uno de los principales marcadores de su memoria y de sus reclamos.

Las víctimas de Trujillo, Valle del Cauca, nombran hoy como ‘masacre’ no un evento concreto sino la violencia sistemática perpetrada por una alianza de narcotraficantes, paramilitares y miembros de la Fuerza Pública entre 1986 y 1994. En la clandestinidad, esta alianza cometió con sevicia asesinatos selectivos, desapariciones forzadas y otros actos de violencia. Al usar la etiqueta de masacre, los habitantes de Trujillo se proponen llamar la atención nacional frente a las reales dimensiones de lo sucedido.

Además de la incertidumbre por el paradero de las víctimas, los familiares deben enfrentar la lucha por el reconocimiento de los hechos, desafiar el descrédito, las amenazas y hasta la trivialización de lo ocurrido por parte de las autoridades. El Grupo de Memoria Histórica pudo documentar este tipo de situaciones en el caso de desaparición forzada cometido en La Sonora, municipio de Trujillo, el 31 de marzo de 1990, por la alianza criminal establecida entre miembros de la Fuerza Pública, paramilitares y narcotraficantes. En esa ocasión, el entonces gobernador del Valle del Cauca, Ernesto González, al hablar a la prensa acerca de las desapariciones afirmó: “Hay varias [víctimas] que se incorporaron a la guerrilla, sencillamente, o que están de huida de la misma guerrilla”. En el mismo sentido, se pronunció el comandante del Batallón Palacé de Buga, en una entrevista con el periódico El Tiempo: “Los jóvenes de La Sonora no están desaparecidos sino escapados. En medio de los combates se sintieron culpables y huyeron a las montañas. Por ahí en 15 días vuelven”.

Los actores armados convirtieron los ríos en fosas comunes, donde arrojaron a las víctimas y prohibieron a los ribereños, familiares y vecinos recogerlos. Esto se documentó en la masacre de Trujillo, perpetrada entre marzo y abril de 1990. Las personas desaparecidas fueron sacadas a la fuerza de sus viviendas, llevadas a las haciendas de los narcotraficantes, despojadas de sus identidades, sometidas a múltiples torturas y luego descuartizadas vivas con una motosierra, para posteriormente arrojar sus cuerpos a las aguas del río Cauca.

Determinados parajes, viviendas, fincas o haciendas fueron transformados y luego reconocidos como lugares donde se perpetraban las torturas y se desaparecían personas. Así se reconocen los casos del Chalet en el corregimiento La Buitrera en Palmira, Valle del Cauca; o el caso de las haciendas Villa Paola y Las Violetas, de los narcotraficantes Henry Loaiza Ceballos, alias El Alacrán, y Diego León Montoya Sánchez, alias Don Diego, en la masacre de Trujillo.

Para destruir el círculo afectivo de aquellos considerados como enemigos. En casos de mujeres estigmatizadas como novias o familiares de presuntos enemigos, los paramilitares practicaron la tortura e incluyeron en esos eventos ejercicios de violencia y humillación sexual. Así ocurrió en la masacre de Trujillo con la sobrina del sacerdote Tiberio Fernández Mafla, quien fue sometida a distintos vejámenes sexuales en presencia de su tío.

Así describen la sevicia las víctimas de la masacre de Trujillo, Valle del Cauca:

“Digamos que estos son los costales donde los empacaban [a las víctimas]. Después de amarrados les llenaban la boca de agua y ahí comenzaban con una motosierra a cortarles todos los miembros del cuerpo. También llegaban y los cogían con unas navajas y les cortaban el cuerpo, los miembros, les echaban ácido y de ahí con uno de fuego [un soplete]les quemaban las heridas”.

 

La participación de funcionarios y de agentes del Estado en la violación de los Derechos Humanos y su complicidad con actores criminales provocó un gravísimo daño a la institucionalidad y a la democracia. Así recuerda un residente de Trujillo:

“Estás tranquilo en tu casa, llegan y te matan a tus familiares, se los llevan y los torturan, no sabes y no vuelves a saber de nada. ¿A dónde vas? Te vas donde la Policía, que supuestamente es la gestora de mantener el orden público. Llegas allá y te dicen: ‘Vea, cállese la boca, porque si no usted también se la pueden llevar’. Una decepción completa”.

 

La lista de las víctimas de la masacre de Trujillo (1987-1994), departamento de Valle del Cauca, incluye a diez personas víctimas que murieron por pena moral debido a la desaparición, tortura y asesinato de sus seres queridos. Todas ellas están reconocidas en el Parque Monumento de Trujillo, que honra la memoria de las víctimas de la masacre, y recordadas en los relatos de los sobrevivientes:

«Me tocó ver al papá de los Vargas [dos ebanistas torturados y desaparecidos en 1990]sentado en una banca del parque, en la que queda frente a la Alcaldía. Le preguntaban: ‘¿Y usted qué hace aquí, sentado todo el día? Mire que va a llover, que está haciendo frío, ya está de noche’. ‘Estoy esperando a mis hijos, siento que en algún momento van a llegar”. Así murió, de pena moral, y así pasó muchos días, mañana, tarde y noche. Eso destruye al que lo está viviendo como al que lo está escuchando».

Una madre en Trujillo evoca el momento límite en su vida en el que fue testigo de las torturas sufridas por su hijo y narra su despedida:

“Nos fuimos para una finca cuando empezó ese carro blanco a recoger a la gente, la Toyota blanca. A mí me duele lo que le hicieron a mis hijos, no tanto la pobreza porque Dios lo ilumina a uno y hay vecinos buenos. Una señora que vivía ahí enseguida me dijo: ‘Ahí viene el Ejército’. ‘¡Yo ya no me escondo! ¡Que me lleven!’. Ella me dijo ‘¡Mire para atrás!’, y vi que llevaban a mi hijo encapuchado, todo tapado. Cuando él me vio me hizo así con la mano [gesto de despedida]. Yo traté de irme detrás, pero me dijeron que no me fuera porque me pateaban. Yo dejé que siguieran. Él venía todo aporreado, andaba como cojo y yo dije: ‘Mi hijo no anda cojo… Me van a matar a mi muchacho’”.

 

 

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