Ucrania sin Crimea

0

Laura GilPor Laura Gil

“No a la repartición de Europa”, dijo Jean Asselborn, ministro de Asuntos Internacionales de Luxemburgo, en nombre de la Unión Europea durante la sesión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la crisis de Crimea.  “No estamos en la época de Yalta”.

Pero todo indica que sí lo estamos. ¿No presenciamos hoy el rediseño de los límites de Europa para garantizar zonas de influencia? El mundo occidental se está quedando sin cartas para revertir la anexión de Crimea a la Federación Rusa.

La Casa Blanca y el Kremlin se enfrentan para definir el futuro de Crimea, una región autónoma que, en 1954, Nikita Krushchev cedió a Ucrania, entonces una república de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Este domingo, la población de Crimea acudirá a las urnas para responder si desea que este territorio se convierta en parte de la Federación Rusa u obtenga mayor autonomía dentro de Ucrania. La permanencia del statu quo actual no parece estar en las cartas.

El Parlamento de Crimea votó 78-0 en favor de la unión con Rusia y, con más de 60 % de comunidad rusa en Crimea, el resultado de la consulta popular es predecible.  Pero poco tendrá de libre la expresión del voto.

El referendo fue convocado en medio de la penetración de fuerzas rusas y su hostigamiento a los proeuropeístas.   Steven Pifer, investigador de Brookings y antiguo embajador de Estados Unidos en Ucrania, advirtió que “el Ejército se ha ubicado en los principales puntos, bloqueado a las unidades ucranianas en sus bases y cubierto de minas la frontera entre la península y el resto del país”. 

La presencia militar de la potencia hegemónica regional tiene como punto de apoyo la Flota del Mar Negro, presente en Crimea desde el acuerdo bilateral Ucrania-Rusia en 1997, que le permite a este país desplegar hasta 25.000 tropas.  

Rusia llamó a 150.000 efectivos a realizar ejercicios a lo largo de la frontera con Ucrania, en claro gesto de intimidación a las autoridades gubernamentales, que ven en esta decisión la antesala de la invasión.

La comunidad internacional se apronta para desconocer los resultados de la votación. El borrador de resolución del Consejo de Seguridad, circulado por Estados Unidos, declara que “el referendo no tendrá validez”.  Rusia ha anunciado su veto y China se mueve entre el veto y la abstención. En cualquier caso, la sola presentación formal de la resolución mostrará cuan sola Rusia está.

Los recuerdos de la guerra de Georgia por Abkhazia y Ossetia del Sur están frescos en la memoria. Las soluciones plebiscitarias invocadas por Rusia con tanto ahínco hoy no sirven para aplicar dentro de casa, donde a sola defensa verbal de la independencia de Chechenia constituye un delito.

¿Qué quiere Rusia? Vladimir Putin plantea la defensa de los derechos de la población rusa.  Pero para la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa, las denuncias de violaciones de derechos culturales no están corroboradas. De hecho, si bien el ucraniano constituye el idioma oficial del país, el ruso también tiene reconocimiento constitucional.

Detrás de la apuesta de Rusia está más bien la voluntad de proteger unas fronteras a las cuales se les acerca cada vez más la Unión Europea y, peor aún para Moscú, la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

No en vano cayó el Gobierno liderado por Viktor Yanukovich, quien pretendió fortalecer las relaciones con Moscú en detrimento del acercamiento con la Unión Europea.  Cientos de muertos fueron los resultados de las protestas masivas que llevaron a la instalación de un Gobierno interino, “un golpe de Estado organizado por Occidente”, según el mismo Putin.

En este pulso Estados Unidos – Rusia está en juego mucho más que la región.  “¿Qué país renunciará, de manera voluntaria, a las armas nucleares, como lo hizo Ucrania después de la disolución de la URSS, si no se le ayuda en la defensa ante la agresión”, se preguntaba el actual primer ministro ucraniano.

Obama amenaza, amenaza y amenaza, pero, como al pastorcillo mentiroso, pocos lo escuchan.  La dependencia de la Unión Europea en el gas ruso tampoco ayuda.

Lo cierto es que la población de Crimea merece decidir sobre su futuro en libertad: ni la votación bajo ocupación, ni la negociación de su futuro entre dos poderes, constituye un camino legítimo.

Resulta tarde para preguntar qué podría haber hecho Estados Unidos diferente. Pero, si no hace nada ahora, el presente pasará a la historia como un nuevo Yalta y el futuro se parecerá cada vez más a una nueva Guerra Fría.

Comments are closed.