Un mes de paro, Resistencia

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Por Katherine Esponda Contreras

Durante este mes de Paro Nacional he visto desde distintos ángulos y ciertamente con diferentes niveles de participación, los horrores prometidos. La experiencia que hemos tenido durante estas últimas cuatro semanas ha pasado por múltiples estadios emocionales. Y si, enfatizo en ello porque las emociones tienen y deben tener un lugar en lo político. La digna rabia, la angustia, la desesperación, la incertidumbre. Pero también la esperanza, la empatía. No podemos olvidar que lo personal, lo individual es político. No podemos quedarnos en la falsa disyuntiva que lo político solo se remite a las votaciones ocasionales.

Me permito la rememoración. Unos primeros días de manifestación conjunta. Múltiples movilizaciones a nivel nacional ponían sobre la mesa para finales de abril esa latente necesidad de expresar conjuntamente y a viva voz que todo iba mal. Cali, epicentro de dichas manifestaciones se transformó en una masa etérea de expresiones diversas y acciones colectivas. Hoy, un mes después, sigue siéndolo. Para la semana siguiente vinieron las noches del horror: las noches en las que desde la distancia y en la complicidad de la oscuridad, el silencio y las estratégicas periferias de nuestra ciudad, vimos cómo las vidas de muchos fueron arrebatadas. Vidas marginadas en una ciudad de completa marginación. Y vimos en vivo y en directo -y desde nuestros acomodados lugares de privilegio- la legitimación, mientras que ellas y ellos fueron asesinados.

Llegó la semana de reafirmación colectiva. Manifestaciones desde distintos sectores sociales aparecieron en el escenario otorgándole una dimensión distinta a este Paro Nacional. No eran los mismos ‘vagos’ univallunos de siempre que no tienen nada más qué hacer (en el decir de muchas personas de esta ciudad), sino que una ciudadanía que, consciente o inconscientemente, expresaba ese cansancio y esta desazón de sobrevivir en unas condiciones de país demasiado injustas. En esta solidaridad emergió la posibilidad inigualable que nos trae la lucha colectiva: esa capacidad de ser empáticos frente a la otredad. Se tejieron redes comunitarias, se activaron estrategias sociales, se fortalecieron canales de comunicación. Y fue precisamente en este momento en el que las posibilidades de resistir se afirmaron. El reconocimiento de esa otredad creó, a mi juicio, las condiciones de posibilidad para que hoy un mes después esta movilización colectiva siga de pie, en la calle muy a pesar del peligro inminente y de las condiciones en contra, resistiendo.

Las amenazas se cumplieron y los ríos sacaron a flote, literalmente, la podredumbre en la que vivimos. Cientos de personas desaparecidas: De acuerdo con el informe presentada por Indepaz al 25 de mayo existen 346 personas desaparecidas. El temor se convierte el terror: mujeres y hombres que fueron detenidos aparecen después a cientos de kilómetros. Sin embargo, esta lista sigue siendo nuestra incertidumbre: ¿dónde están? Sigue siendo nuestro reclamo: “Vivos se los llevaron. Vivos los queremos”. Volvimos a las ejecuciones extrajudiciales que soterradamente han llenado de sangre al territorio colombiano, solo que esta vez las vivimos de cerca y ya no en los lugares recónditos de este país.

El viernes pasado, en conmemoración de un mes de Paro Nacional se repitió la escena: personas en sus lugares de privilegio, defendiendo sus patéticos privilegios. Civiles armados con protección de la fuerza pública amenazan, atacan, disparan, se quejan y logran comparar como equivalentes la vida de un ser humano y la fachada de un edificio. Las fuerzas estatales y paraestatales crean las condiciones de posibilidad para que el caos reine. Un caos autogestionado para justificar, como lo hizo esa misma noche quien funge como para-presidente, el uso de la fuerza y la represión. Un uso de la fuerza que dejó de ser legítimo hace mucho rato.

Esa noche de viernes, viernes de conmemoración por un mes de Paro Nacional terminamos la jornada sintiendo el terror de nuevo: de acuerdo con la Misión de verificación del Paro Nacional en Cali fueron 10 personas asesinadas, 13 personas judicializadas, 98 personas heridas, sin dejar de lado los jóvenes detenidos, torturados y montados con falsos positivos judiciales, y algunas personas desaparecidas. La pregunta que nos queda no podemos dejarla de enunciar ¿dónde están? El silencio es cómplice de la vulneración, la neutralidad fortalece al opresor, nunca a los oprimidos. En ese sentido, que sea éste y otros escenarios posibles el lugar para preguntarnos por qué. La explicación está en las causas mismas de la inequidad social. ¿por qué parar? Parar porque queremos avanzar.

 

 

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