Una temporada en el infierno

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jair-villanoDicen los que saben que cuando Arthur Rimbaud leyó “Le Bateau ivre” (El barco ebrio) el público francés que lo escuchaba no se ahorró ovaciones. Se trataba de un genio de una sublimidad expresiva  ¡de 16 años de edad!; y que por si acaso andaba con Verlaine. El tiempo del romanticismo estaba opacado,  la verdad no es belleza la belleza no es verdad, parodiando a Keats, ya Baudelaire había agitado el ambiente con la publicación de Las flores del mal (poemario que fue víctima de censura por su alto contenido pagano). Baudelaire demostró que el poeta no necesitaba estar iluminado por las musas ni por los dioses, como les encantaba jactarse a los románticos; ¡no!: para hacer poesía bastaba con habitar el mundo en su acepción más peyorativa, ser disoluto y dar cuenta de ese delirio. Eso sí: nada de objetividad ni de esos sofismas, lo que fue  conocido como el simbolismo daba prelación a la subjetividad del poeta, por eso para la exégesis de las obras no basta con ser un lector agudo, me atrevería a decir que, para su interpretación más ecuánime, se hace necesario conocer la vida del autor. (Intérpretes de la poesía de AR  coinciden que cuando  se refiere al Diablo en realidad es a Verlaine). Dicho sea de paso, debo decir que al igual que muchos lectores imberbes conocí su poesía por sugerencia de otro escritor, Vargas Llosa me dijo que lo leyera, pero esta vez no voy hablar de mí, no, al lado del poeta da como vergüenza. Otra vez dicho sea de paso, es normal que en toda conversación literaria (o pseudo literaria) se hable de Rimbaud y su amante Verlaine o Verlaine y su amante Rimbaud, aunque parezca chismorreo  no es culpa de los presumidos: de AR hay más hagiografía que biografía. Pero amigos críticos les ruego que acompañen sus ditirambos con argumentos.

Retomemos. Iba a decir que está el Rimbaud mítico y el de muchos poemas buenos y pocos poemas livianos. ¡Si a Neruda no le dio pena publicar 20 poemas de amor y una canción desesperada, no me va a dar pena a mí, que circundo la misma edad de los dos poetas, profanar un poco el ejercicio de los críticos! Así que debo empezar por destacar que si bien la ayuda de Verlaine fue valiosa, esta de nada hubiere servido si quien la presidía no fuera cobijado con el talento que tenía AR; El barco ebrio es uno de los poemas más significativos del siglo XIX y no es cualquier cosa, en sus versos se siente el sonido, la imagen, el monólogo del escriba que reflexiona en medio de la vesania, a saber:

“¡Yo soñé la noche verde de las nieves deslumbrantes, besos que suben de los ojos de los mares con lentitud, la circulación de las savias inauditas, y el despertar amarillo y azul de los fósforos cantores!” 

Sientan la eufonía del verso, observen la imagen que remite, ¡tenía 16 años, 16 años! (Y sin embargo, por acá insisten en que Caicedo fue un genio, ¡a ver!).

¡Calla, calla de una vez!…Éste es un lugar de vergüenza, de reproche: Satán diciendo que el fuego es innoble, que mi cólera es espantosamente tonta.  – ¡Basta!…Errores que alguien me sopla, magia, perfumes falsos, músicas pueriles.– Y decir que poseo la verdad, que veo la justicia: tengo un discernimiento sano y firme, estoy listo para la perfección…Orgullo”.

Noche del infierno, delirio entre nubes y llamas, que guarda la esperanza de un renacer del estivo; ahí Rimbaud hace de la decadencia un deleite.

¡Inventé el color de las vocales! –A, negra; E, blanca; I, roja; O, azul; U, verde.– Ajusté la forma y el movimiento de cada consonante y, con ritmos, instintivos, me precié de inventar un verbos poético, accesible, algún día, a todos los sentidos. Me reservaba la traducción”.

No pierdan el tiempo en tratar de hallar argumento, si aquí lo que hay es música, ¿ah, no me creen? Bueno, están en su legítimo derecho, ahora: les sugiero que hablen con los estudiosos de Britten; Alquimia del verbo es uno de los poemas más célebres del poeta. En Iluminaciones reposa Vocales, un soneto que pone en práctica su teoría, Iluminaciones  fue posterior a una Temporada en el infierno, y publicado por el creador de Arte Poética (para ese tiempo AR ya había renunciado a la poesía, incógnita saber por qué, aunque hay un libro de  Le Clézio y otro de un escritor colombiano que ilustra su vida después de dejar el arte).

Por lo demás, quien desee ampliar en lo que pasaba por la mente del genio precoz le recomiendo leer la carta que AR le escribe a Paul Demeny en 1871, ahí habla del trabajo del poeta,  o lo que él llamaba el vidente, y de su respeto por el  “rey de los poetas”, o sea, de Baudelaire.  Rimbaud fue, en efecto, a su manera vidente: en esa carta a Demeny habla de la emancipación de la mujer: “Cuando se rompa la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva por ella y para ella, cuando el hombre –hasta ahora abominable– le haya dado la remisión ¡también ella será poeta! ¡La mujer hará sus hallazgos en lo desconocido!”. Anote Florence Thomas.

La leyenda de Rimbaud, pues, no es gratis. Es verdad que se ha creado en él una suerte de dios que no le conviene, pero es cuestión de leerlo para entender por qué tanto elogio y tanta hipérbole.

Sí lector, ya sé que el encabezado de esta columna es sobre un libro de él y que la columna alude muy poco de este, pero quería ganar lectores con el título, cuántos no pensarían que se trataba de una crónica sobre una pasada en las oficinas del Centro Democrático o sobre una larga charla en la caverna de Ordóñez.

Ay, no pierdan el tiempo conmigo ni con Charrupí, el más leído. Déjense de pereza, yo entre tanto seguiré  lidiando con Mallarmé.

Por Jair Villano

@VillanoJair

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